
Can Gavella — Cinco décadas de paella, arena y mar
Can Gavella se asienta directamente sobre la arena de Ses Casetes des Capellans: mesas de madera blanca entre las olas, cestas de mimbre convertidas en lámparas bajo el techo, y el turquesa de la bahía como patrón cromático de todo el espacio. Sentarse aquí es sentarse frente al mar — los pies en la arena suave, la vista sobre la amplia y poco profunda bahía de Alcúdia, el rumor de las olas como único telón de fondo. Ningún equipo de sonido del mundo se acerca a eso.
Un lugar que pertenece al verano
Desde 1976, Can Gavella forma parte del tejido de esta singular barriada costera. Sebastià Perelló y su hermano abrieron entonces el *Restaurant Dos Pins* — llamado así por dos pinos cercanos. Cuando esos pinos murieron, el restaurante se convirtió en Can Gavella: *Gavella* era ya el apodo que las familias de Muro daban al lugar. El nombre se oficializó con el tiempo, pero el alma de la casa nunca había cambiado. Hoy la familia Perelló–Gelabert lleva el local en su tercera generación; el hijo Jaume está desde 1992 y ha ido moldeando con cuidado una institución de playa sin perder su carácter.
Las Casetes des Capellans son un capítulo aparte. Unas 140 casitas bajas de piedra *marès*, construidas desde 1952 en terrenos municipales que el Ajuntament de Muro había adquirido ya en 1929 — muchas pasadas de generación en generación dentro de las mismas familias de Muro. El nombre proviene de los sacerdotes (*capellans*) de la parroquia de Muro, que antaño veraneaban aquí. Justo al lado: el humedal de s'Albufera, una de las reservas naturales más importantes de las Baleares. La playa en sí figura entre las más bellas de la costa norte — arena blanca fina, agua turquesa poco profunda, sin masificación.
La paella no es cosa del azar
El plato de arroz es el corazón de Can Gavella. La paella mixta se elabora siguiendo una receta secreta que la familia guarda desde los años ochenta — una mezcla de especias aromáticas cuya composición exacta nunca se ha puesto por escrito. El arroz procede de Sa Pobla, una localidad agrícola a pocos kilómetros tierra adentro que cultiva arroz bombita desde los años cincuenta, cuando familias valencianas introdujeron la variedad en la isla. Pedir la paella mixta es llevarse a la mesa un trozo genuino de herencia familiar.
Junto a ella: paella de marisco y fideuà — fideo en lugar de arroz, dorado en el mismo sabor profundo de la cazuela. Pulpo a la plancha, calamares a la plancha, gall de Sant Pere, pescado fresco del día. Para quienes prefieran otro rumbo: croquetas, pimientos de Padrón, secreto ibérico, chuletillas de cordero, una hamburguesa de ternera de la Tramuntana. Los niños tienen su propia carta; los vegetarianos encontrarán ensaladas, ravioli de calabaza y una hamburguesa vegana. Los perros son bienvenidos en la terraza.
Los postres llegan de la isla misma: la célebre ensaïmada rellena de nata y chocolate del *Forn de Can Barceló de Muro*, y el *cardenal* de Lloseta — dos clásicos mallorquines de verdad, no las versiones para turistas.
Cócteles hasta que el sol toca el agua
Por la tarde el ritmo cambia. Los platos se retiran, la fruta fresca entra en las cocteleras, y Can Gavella se convierte en el punto de encuentro del *tardeo*. Mojitos (también de fresa), caipirinha, caipiroska, piña colada, daiquiri, y una jarra de cóctel de dos litros para compartir en grupo, todo ello bajo los colores del atardecer sobre la bahía. En verano un DJ pincha los sábados; las noches de música en directo son cita habitual a lo largo de la temporada.
*Si no vas, parece que el verano no ha llegado.* En Muro todavía se dice.




